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La nube negra

Si perdemos la capacidad de soñar lo perdemos todo
November 26

Himno

No suelo tratar temas tan peregrinos como el fútbol en este espacio, pero esta vez voy a hacer una excepción, ya que pienso que el atlético ha hecho un esfuerzo considerable superando los obstáculos que le impuso la UEFA. Por ello, aquí va el himno:
 

Himno del Centenario del Atlético de Madrid

Joaquín Sabina

Aquí me pongo a contar
motivos de un sentimiento
que no se puede explicar.
Y eso que no doy el tipo
del hincha rapado y violento, pero que gane mi equipo.

Para entender lo que pasa
hay que haber llorado dentro
del Calderón, que es mi casa.

o del Metropolitano,
donde lloraba mi abuelo
con mi papá de la mano.

Qué manera de aguantar,
qué manera de crecer,
qué manera de sentir,
qué manera de soñar,
qué manera de aprender,
qué manera de sufrir,
qué manera de palmar,
qué manera de vencer,
qué manera de vivir,

Qué manera de subir y bajar de las nubes,
¡qué viva mi Atleti de Madrid!

Ufarte, Kiko, Juninho, Ratón, Ayala, Pantic, Heredia,
Antic, Levinha, Adelardo, Toni, Simeone,
Grifa, Pereira,
Peiró, Calleja, Ovejero,
tal y tal y un tal cabeza,
Zapatones de Hortaleza,
Ben Barek y Caminero,
Paseo de los melancólicos,
Manzanares cuánto te quiero.

No me preguntes por qué
los colores rojiblancos
van con mi forma de ser.

Ni merengues ni marrones,
a mí me gustan las rayas
canallas de los colchones.

Mira si soy colchonero
que paso por Concha Espina
como pasa un forastero.

Como los indios okupas
que acampan con sus banderas
en la ribera del Pupas.

Qué manera de aguantar,
qué manera de crecer,
qué manera de sentir,
qué manera de soñar,
qué manera de aprender,
qué manera de sufrir,
qué manera de palmar,
qué manera de vencer,
qué manera de morir,

Qué manera de jugarse en el derby la pelvis,
¡qué viva mi Atleti de Madrid!

Solozábal, Súper López, Rivilla,
Santi, Jayo, Aguilera,
Vavá, Gárate, Mendoça, Futre,
Collar, toma delantera!
Despekan el juego sucio
un par de huevos de Lucio,
gambetas de Rubén Cano,
dos tetas de gran hermano
y un principito heredero
corazoncito de colchonero.

Por la Intercontinental
pide la clase de tropa
otra Recopa en el bar.

Ni perdemos los papeles
ni cambio por mi Neptuno
tu pasarela Cibeles.

Cumpliendo cien años andas
y estás más joven que el niño
que galopa por las bandas.

Y la afición a tu lado
porque es adicta al veneno
del balón envenenado.

Qué manera de aguantar,
qué manera de crecer,
qué manera de sentir,
qué manera de soñar,
qué manera de aprender,
qué manera de sufrir,
qué manera de palmar,
qué manera de vencer,
qué manera de vivir,

Con dinero y sin dinero somos los primeros,
¡qué viva mi Atleti de Madrid!

Atlético de Aviación, que pasón,
un siglo de horas de vuelo
dos años en el retrete tras un doblete
rozando el cielo,
volando hasta la buhardilla,
llorando por los rincones,
bajando a la alcantarilla,
acariciando balones,
infartando en la ribera
del Manzanares los corazones.

Qué manera de aguantar,
qué manera de crecer,
qué manera de sentir,
qué manera de soñar,
qué manera de aprender,
qué manera de sufrir,
qué manera de palmar,
qué manera de vencer,
qué manera de morir,

Qué manera de subir y bajar de las nubes,
¡qué viva mi Atleti de Madrid!
Qué manera de viajar a la gloria gritando,
¡qué viva mi Atleti de Madrid!
Qué manera de decir cumpleaños feliz
y brindar por mi Atleti de Madrid!
 
 
November 19

PATENTE DE CORSO. Los fascistas llevan corbata

Quiero dejar constancia pública de que, con todos los respetos, no me agrada cómo escribe el Sr. Pérez-Reverte, aunque lo leí durante bastante tiempo. No obstante, y aunque suelo no estar de acuerdo con las opiniones que vierte en su columna dominical, me quito el sombrero ante este artículo:
 
PATENTE DE CORSO-LOS FASCISTAS LLEVAN CORBATA

Cuando digo que este país es una mierda, algún lector elemental y patriotero se rebota. Hoy tengo intención de decirlo de nuevo, así que vayan preparando sellos. Encima hago doblete, pues voy a implicar otra vez a Javier Marías, que tras haberse comido el marrón de mis feminatas cabreadas, acusado de machista –¿acaso no se mata a los caballos?–, va a comerse también, me temo, la etiqueta de xenófobo y racista. Y es que, con amigos como yo, el rey de Redonda no necesita enemigos.

Madrid, jueves. Noche agradable, que invita al paseo. Encorbatados y razonablemente elegantes, pues venimos de la Real Academia Española, Javier y yo intentamos convencer al profesor Rico –el de la edición anotada y definitiva del Quijote– de que el hotel donde se aloja es un picadero gay. Lo hacemos con tan persuasiva seriedad que por un momento casi lo conseguimos; pero el exceso de coña hace que, al cabo, Paco Rico descorne la flor y nos mande a hacer puñetas. Que os den, dice. Y se mete en el hotel. Seguimos camino Javier y yo, risueños y cargados con bolsas llenas de libros. Bolsas grandes, azules, con el emblema de la RAE. Cada uno de nosotros lleva una en cada mano. Así cruzamos la parte alta de la calle Carretas, camino de la Plaza Mayor.

Imaginen –visualicen, como se dice ahora– la escena. Capital de España. Dos señores académicos con chaqueta y corbata, cargados con libros, hablando de sus cosas. Del pretérito pluscuamperfecto, por ejemplo. En ese momento pasamos junto a dos individuos con cara de indios que esperan el autobús. Inmigrantes hispanoamericanos. Uno de ellos, clavado a Evo Morales, tiene en las manos un vaso de plástico, y yo apostaría el brazo incorrupto de don Ramón Menéndez Pidal a que lo que hay dentro no es agua. En ésas, cuando pasamos a su altura, el apache del vaso, con talante agresivo y muy mala leche, nos grita: «¡Abajo el Pepé!… ¡Abajo el Pepé!». Y cuando, estupefactos, nos volvemos a mirarlo, añade, casi escupiendo: «¡Cabrones!».

Me paro instintivamente. No doy crédito. «¡Pepé, cabrones!», repite el indio guaraní, o de donde sea, con odio indescriptible. Durante tres segundos observo su cara desencajada, considerando la posibilidad de dejar las bolsas en el suelo y tirarle un viaje. Compréndanme: viejos reflejos de otros tiempos. Pero el sentido común y los años terminan por hacerte asquerosamente razonable. Tengo cincuenta y siete tacos de almanaque, concluyo, voy vestido con traje y corbata y llevo zapatos con suela lisa de material. Mis posibilidades callejeras frente a un sioux de menos de cuarenta son relativas, a no ser que yo madrugue mucho o Caballo Loco vaya muy mamado. Sin contar posibles navajas, que alguno es dado a ello. Además tiene un colega, aunque nosotros somos dos. Podría, quizás, endiñarle al subnormal con las llaves en el careto y luego ver qué pasa con el otro; pero acabara la cosa como acabara –seguramente, mal para Marías y para mí–, incluso en el mejor de los casos, con todo a favor, hay cosas que ya no pueden hacerse. No aquí, desde luego. No en este país miserable. Imaginen los titulares de los periódicos al día siguiente: «El chulo de Pérez-Reverte y el macarra de Marías se dan de hostias en la calle con unos inmigrantes». «Xenofobia en la RAE.» «Dos prepotentes académicos racistas, machistas y fascistas apalean salvajemente a dos inmigrantes.» Aunque aún podría ser peor, claro: «Marías y Reverte, apaleados, apuñalados e incluso sodomizados por dos indefensos inmigrantes».

Marías parece compartir tales conclusiones, pues sigue caminando. A envainársela tocan. Lo alcanzo, resignado, y llegamos a la Plaza Mayor rumiando el asunto. «Es curioso –dice pensativo–. A mí tío, republicano de toda la vida, lo insultaban por la calle, durante la República, por llevar corbata.» Yo voy callado, tragándome aún la adrenalina. Quién va a respetar nada en esta España de mierda, me digo. Cualquier analfabeto que llegue y vea el panorama, que oiga a los políticos arrojarse basura unos a otros, que observe la facilidad con la que aquí se calumnia, se apalea, se atizan rencores sociales e históricos, tiene a la fuerza que contagiarse del ambiente. Del discurso bárbaro y elemental que sustituye a todo razonamiento inteligente. De la demagogia infame, la ruindad, el oportunismo y la mala índole de la vil gentuza que nos gobierna y nos envenena. Ésta es casa franca, donde todo vale. Donde todos tenemos derecho a todo. Cualquier recién llegado aprende en seguida que tiene garantizada la impunidad absoluta. Y pobre de quien le llame la atención, o le ponga la mano encima. O tan siquiera se defienda.

Así que ya saben, señoras y caballeros. Ojito con las corbatas y con todo lo demás cuando salgan de la RAE, o de donde salgan. Nos esperan años interesantes. Tiempos de gloria.

ARTURO PÉREZ-REVERTE

XLSemanal, 16 de Noviembre de 2008
 
November 11

La barba de Junior

 

Llevo más de un año buscando afanosamente este genial artículo por Internet, hoy, tras muchos sudores, he dado con él. Sirva para limpiar la memoria de los buenos libros y denunciar esa bazofia comercial que lleva siendo más de un año un éxito de ventas.

 

 

 

 

TRIBUNA: ALMUDENA GRANDES

La barba de Junior

ALMUDENA GRANDES 02/08/2007

 

No es la primera vez que le pasa, pero cada repetición acrecienta su inquietud, una desazón cercana al temor. Y no es que los libros le den miedo, porque es un gran lector, desde pequeñito. El diminutivo es paradójico en su caso, porque entonces, a los 10, a los 11, a los 12 años, Junior era un niño inmenso. Inmensamente gordo y torpe, inmensamente pesado, y acomplejado, y solitario. Por eso leía tanto, para ser ligero como una pluma y el corredor más veloz, un luchador invencible en un territorio único, fronterizo entre su realidad detestable y la generosidad de la ficción. Mientras leía, Junior era y no era él, pero en ambos casos era mejor y más feliz. Así que leyó muchos, muchísimos libros.

Ahora, a punto de cumplir los 16, ha alcanzado el estado que los amigos de sus padres definen como "estar hecho un hombre". Y es verdad que lo parece. Sigue siendo muy alto, pero ha perdido el aspecto desgarbado que tenía hace un par de años, cuando adelgazó tanto, porque sus hombros se han ensanchado y sus piernas se han llenado de pelos. Su cara, no, pero todo se andará. El caso es que, aunque todavía no se afeite, Junior está hecho un hombre, y, en consecuencia, hasta que se jubiló, hace apenas dos meses, Lola, la librera de su barrio, le recomendaba libros para adultos. Y mientras ella estaba al otro lado del mostrador, él los seguía leyendo con la misma fruición, una avidez parecida a la gula, que le despertaban hace unos años los libros de Michael Ende o Roald Dahl.

Junior todavía no conoce la magnitud de la deuda que nunca podrá pagarle a esa mujer nerviosa y menuda, que siempre llevaba el moño a medio deshacer y sonreía con los ojos al verlo aparecer por la puerta. Todavía no sabe cuánto le debe, pero ya lo intuye, porque desde que su nuera la ha sustituido, el mundo gira al revés, y él no entiende absolutamente nada. "¡Ah! ¿Pero todavía no te has leído éste?", le preguntó hace poco, muy sorprendida, mientras le tendía una novela gorda de la que se han hecho ya tropecientas ediciones. "No", contestó él. "¿Y mi suegra, en qué estaría pensando?", concluyó, tendiéndoselo con gesto imperativo. Ahí empezó a estropearse todo.

Esa novela empezaba con un niño que se acababa de quedar huérfano de madre, que tenía miedo de no poder recordarla, que no sabía cómo hablar con su padre y que un día encontraba un libro especial, capaz de hablar sólo para él? "¡Pero, bueno!", gritó Junior en la soledad de su cuarto, como Bastian Baltasar Bach en su buhardilla, "¡pero qué morro tiene este tío! ¡Si esto está calcado de La historia interminable!". Y sí, el principio estaba calcado, pero sólo el principio. Lo demás, por desgracia, no. Y ni siquiera eso era lo más notable. Lo asombroso de verdad era que en la obra de Ende, literatura infantil sin máscaras ni complejos, no hay ni una sola trampa, ningún cabo sin atar, ningún elemento sin justificar en la impecable verdad que construye el propio libro. Y en esta novela tan exitosa, para adultos, todo sucede no ya por casualidad, sino en la exacta medida del azar que le conviene al autor para que encajen sus piezas aunque sea a martillazos, y si no, siempre aparece a tiempo una llave que lleva treinta años perdida, un benefactor anónimo, o algo más raro. Exactamente igual que en la peor literatura para niños. Por eso fue a la librería a devolverlo. Lola le dejaba; su nuera, no.

"¡Pero cómo no va a haberte gustado! Si le encanta a todo el mundo... Toma éste, anda, que acaba de salir y es buenísimo". Bueno, por lo menos es delgadito, pensó él. Se lo leyó en una tarde, pero le hizo el efecto que el anterior. Aquí también hay un niño, y tiene nueve años. Claro, que el autor no debe conocer a nadie de esa edad, porque su protagonista se comporta como si tuviera cuatro. Y su padre es nazi, pero él no sabe lo que son los nazis. Y va a un colegio nazi, pero no sabe lo que son los nazis. Y Hitler va a cenar a su casa, pero no sabe lo que son los nazis. Y su hermana tiene... ¡12 años!, pero tampoco sabe lo que son los nazis. Y a su padre le nombran jefe de un campo de concentración, y se va a vivir allí, y pasa el tiempo, y sigue sin saber lo que son los nazis. ¿Y por qué? Pues porque, si lo supiera, no podría pasar lo que pasa en la novela, y si tuviera la edad que aparenta, pues tampoco. O sea, que en vez de llaves perdidas o benefactores desconocidos, aquí se para el tiempo cuando conviene. Exactamente igual que en la peor literatura para niños.

¿Qué está pasando aquí?, se pregunta Junior. ¿Por qué, de repente, los libros para adultos parecen literatura infantil? ¿Por qué sus autores bordean los problemas en vez de solucionarlos y no se toman el trabajo de justificar sus decisiones? No es que no se le ocurran respuestas para esas preguntas, pero ya no sabe si le apetece empezar a afeitarse.

 

November 10

No hierve tu sangre

Hoy quiero recuperar una canción de Platero y Tú que me gustaba mucho en su día y que hoy, aunque me sigue gustando, me llena de vergüenza al ver en lo que se ha convertido el líder de este grupo.
 
NO HIERVE TU SANGRE
 
Chico cambia de nariz

Yo te ayudaré a triunfar

Saldrás en televisión

Y hasta en Radio Nacional.

Ahora canta esta canción

"tralará, lori, lorá"

no es muy buena, ya lo sé

pero se puede vender.

Siempre te ha gustado más

El cuero que el rock'n'roll

Y salir a vacilar

Que escribir una canción.

A ese chico has engañao

Con tu foto en su pared

Y has cortado el bacalao

Antes de tirar la red.

No importa

Que mientas,

Que engañes,

Que no sientas nada

Por el rock'n'roll.

No importa...

Que mientas,

Que engañes,

No hierve

Tu sangre.

Que mientas...

Tú te crees que yo te envidio

Por sonar en Los 40

Pero no me das ni asco,

Ya tan sólo me das pena.

Tanta foto, tanta pose,

Tanta, tanta tontería

Cuélgate una piedra al cuello

Y ahora tírate a la ría.
 
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